Una mamá siempre espera...
- mellamanbeth
- 16 ago 2021
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 16 ago 2025

Gracias a Dios, desde mi burbuja quizás, no conozco excepciones.
Decidí escribir este tema porque siento la necesidad de desahogarme y expresar lo que siento con respecto a dos personajes en mi vida que me han alentado a seguir adelante. El pasado 15 de agosto fue el día de la Asunción de María al cielo, dogma celebrado por la Iglesia Católica, religión de cuna a la cual pertenezco y trato de practicar (con mis cositas, pero ahí voy). Más allá de cuál sea tu creencia, me gustaría adentrarme en el corazón que experimentó un gozo muy grande al entrar en una iglesia en un país nuevo, que hace advocación a María de Niña y que, casualmente o por voluntad de Dios, me llevó hasta ella justo en el día en que se celebra su dogma de adulta y santa.
En la búsqueda de una parroquia cercana me encontré con el templo abierto y con el Santísimo esperándome para agradecer. Yo solo quería dar gracias por todo lo bueno y bonito que han sido estas dos semanas: personas excepcionales que apoyan cada paso que estoy dando, que me han hecho sentir cómoda y, sobre todas las cosas, me han aceptado tal como soy, junto con mi proceso de independencia.
Pero en ese proceso de independencia viene un sentimiento muy cargado: el desapego de mi mamá terrenal, de una mamá que al levantarme ya tenía el desayuno listo, que me dejaba trabajar y se dedicaba plenamente a mi cuidado, no solo alimenticio, sino también emocional, con una compañía constante. Un año y medio de Covid, cuando solo quería apartarme un poco, la vida me la acercó más.
Hablar de mi mamá cuando me preguntan cómo estoy o cómo está ella, me hace un nudo en la garganta. Justo ayer, entre una tonada al finalizar la misa de celebración del dogma, no pude contener las lágrimas ni dejar de pensar en mi mamita, deseando que Mamá María no la suelte jamás de su mano.
Lo más icónico fue escuchar la frase: “una madre siempre espera”. No dudaría ni un minuto que mi mamá me espere todos los días de su vida para abrazarme, así como María esperó a su hijo cuando fue a ocuparse de las cosas del Padre. Un poco desesperada quizá, porque al final era madre y solo ella guardaba sus más profundos sentimientos en el corazón. También como cuando, en la soledad y el dolor de haber perdido a su hijo, aceptó la voluntad de ser la madre de todo aquel llamado hermano por Jesús.
No se trata solo de creencias ni de verlo como una oveja andante. Por encima de tantos libros, ciencia y añadiduras del mundo, es inexplicable lo que el corazón te muestra cuando se trata del lenguaje puro del amor de quien llevó en su vientre al mismísimo Dios. Ese amor que eriza la piel, que hace doler el pecho por el gozo de saber que el camino en el que andas te sorprende con la certeza de sentirte amada, acompañada, y de saber que, en lo imperceptible, te toman de la mano y caminan contigo sobre piedra, río o terrenos espinosos, hasta llegar al huerto donde florece todo lo que anhelabas con esperanza. Aun sabiendo que falta camino, te sientes segura de seguir paso a paso.
Este texto se lo dedico a mi mamá, Belkis. No le dedico el pasado, porque conoce los errores de ese tiempo. Le dedico el presente, porque en medio del proceso me enseñó a afrontarlo todo y a dejar el pellejo en lo que fuera necesario. También se lo dedico a mi Mamita en el cielo, María, que no me abandona ni me olvida, aun cuando yo la olvido tantas veces al año.
¡Hoy solo quiero hablar de eso… Gracias!
Beth... con mamitis aguda.


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