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Las lecciones de Aurora

  • mellamanbeth
  • 16 ago 2025
  • 7 Min. de lectura
“Cuando riegas bien lo que amas, incluso lo que parece perdido… vuelve a levantarse.”
“Cuando riegas bien lo que amas, incluso lo que parece perdido… vuelve a levantarse.”

Antes de migrar, había tomado la decisión de empezar a comprarme plantas, cuidarlas, darles amorcito, así como mi mamá les da amorcito a las suyas. No quería algo que tomara mucho esfuerzo, así que decidí comprar una Sansevieria (lengua de suegra pequeña), que es muy independiente, ya que el vendedor del vivero (así se llaman en Venezuela los lugares donde venden todo tipo de plantas) me aseguraba que no necesitaba tanto cuidado. Por lo tanto, para mí, que estaba empezando en el rol, era simplemente “perfecta”. La llamé Luna y cuando migré la dejé en casa con mi mamá, tal cual dejé a Newton, esperanzada de tenerla otra vez. Cosa que no ha sido, y al menos el segundo sí me rompe el corazón y es un vacío que no ha podido llenarse con nadie.

Pero esta historia se repitió una vez más. En Medellín tuve a Roraima, una planta pescadito (Nematanthus gregarius) muy hermosa que me acompañó durante un año, mientras vivía sola en mi pequeño apartaestudio, donde la lavadora quedaba en la habitación y de allí se salía al balcón, Roraima era lo primero que veías al entrar por la puerta principal, justo entre la división de la sala-oficina-comedor. Al decidir venirme a vivir a Bogotá, tuve que despedirme de mi pequeña y hermosa Pescadito. Se la dejé a Doña Lili (ya saben, mi mamá adoptiva de Medallo, que aparece en un cuento previo). Ella la ha cuidado con amor (en algunas ocasiones me ha mandado fóticos), como mi mamá a Luna, que incluso parió unas cuantas veces, siendo regalitos para personas especiales y embelleciendo la casa, dándole aire y buena energía.

Un año y medio después, en un hogar calientico, lleno de pelos y frío a la vez, tengo hasta el momento siete plantas. Cada una tiene su nombre y entraron como si desde que brotaron estaban esperando esta casa. Dolly, una planta dólar (Muehlenbeckia Axillaris), es la reina serena de la abundancia de ese hogar. Dracarys, mi planta de la prosperidad, a la que quise darle un nombre poderoso que la convirtiera en mi guardiana. Lourdes, mi nuevo pescadito, la compré en la iglesia en Semana Santa y viene siendo como un rezo convertido en hojas; que cuando eche flores, estoy segura de que será un farolito de calma y alegría. Matea, una suculenta que representa la memoria, el lazo fraterno y la amistad; la heredé con mucho cariño, llevando consigo la huella de Vanessa (mi mejor amiga con quien viví unos meses aquí en Bogotá y fue mi compañía, mi brazo, mi bastón en ese tiempo) y de Mateo (mi sobrino perruno). Matea ha sido súper resistente y ha sobrevivido a mordidas, despedidas, caídas y momentos agonizantes. Love, un esqueje de Matea, nació de lo roto, de un pedacito que se negó a morir y decidió crecer en otro espacio. Es un recordatorio de que el amor siempre encuentra dónde florecer, incluso en terrenos nuevos. Lyra, una Peperomia caperata, realmente no me sé el nombre coloquial, pero su nombre en esta casa conecta con la música, la creatividad y la rareza, que fue lo que más llamó mi atención de ella. Tao, mi bambú, yo creo que es el sabio del grupo y siempre lo coloco cerca de mi Jesús meditador; su nombre se convierte en el equilibrio que sostiene el espacio donde habita. Finalmente, Aurora, una fittonia, llamada por los cultivadores “abre caminos”. Aurora llegó como un ritual de sanación, elegida tras un cierre para simbolizar nuevos comienzos.

Mi Aurora viva y fuerte, con luz suave entrando por la ventana.
Mi Aurora viva y fuerte, con luz suave entrando por la ventana.

Las siete, además de ser parte de mi hogar, son mi pequeño jardín interior, mis compañeras verdes que se acomodan en cada rincón. Y aunque todas reciben mi atención, cariño y sus gotitas de agua, hay una que tiene una personalidad particular: Aurora. Y es con ella que comienza lo mejor de este cuento reflexivo.

Un día, al levantarme e ir a la cocina a prepararme el desayuno y el café, me dirigí a ver a cada planta y para mi sorpresa, encontré a Aurora casi muerta. Fue un golpe duro; mi primera planta que muere. “Yo hablaba en voz alta; ¿Qué pasó? ¿La ahogué? ¿Cómo pudo ser? Si hace dos días le había dado agua y la había puesto al sol”. Y no exagero, bueno quizás sí, pero para quien no lo entiende, mis plantas junto a dos seres perrunos que la vida me colocó al azar que demanda el destino siempre, son actualmente, mi cálida compañía. Y bueno, la verdad, es que por esta forma de relatar la situación es que este blog se llama Soy intensa y media".

Seguimos, y acá abro un gran paréntesis de contexto; resulta que los domingos (el día de la tragedia fue un martes) suelo poner mis plantas en la ventana para que reciban luz y un poco más de aire, ya que en Bogotá no hay tanta alegría en el cielo ni fervor en el sol, porque predominan los días grises y deprimidos. Luego, por la noche, las regreso a su lugar, o lo hago al día siguiente. Ese martes, Aurora ya estaba en su puesto asignado desde que llegó, y allí la encontré, agonizando literalmente esa mañana.

Al ver a Aurora así, no lo pensé dos veces; la moví a la sombra, le di agua y le hablé bonito (porque sí, yo le hablo a las plantas), intentando convencerla de quedarse. La dejé por la noche en el lavadero mientras me iba a dormir. Al día siguiente, cuando fui a ver si ya no había nada que hacer… allí estaba: erguida, fresca, viva.

Allí entendí que Aurora no sabe disimular y cuando necesita agua, lo anuncia sin rodeos. No es de las que esperan resignadas. Si me atraso un día, se dobla sobre sí misma, se marchita, deja caer las hojas como quien dice: “Oye, aquí estoy, no me olvides”. Científicamente, esta planta no puede estar mucho tiempo al sol, con luz directa, hay que regarla cuando ya la tierra se vea un poco seca y hay que rociarla constantemente. Empecé a googlear y leía que las abre caminos debían regarse día por medio, o tres veces a la semana. Yo cumplía con lo que el vendedor me había recomendado: regarla cada ocho días, sí, ocho días. ¡Pobre Aurora!

Ese día, después de buscarle un lugar más adecuado, me quedé observándola un buen rato y pensé; ¿Cuántos vínculos en mi vida se parecen a Aurora? No solo porque requieren más atención que otros, sino porque su manera de decir “te necesito” es evidente, o incluso no es necesario que lo expresen; basta con prestar atención. Esto me llevó a otra idea; “no existe vínculo que no requiera cuidado”.

Incluso los que parecen autosuficientes, como un cactus que aguanta semanas sin agua, se fortalecen y florecen más bellos cuando se les dedica tiempo. En medio del desierto, con el sol arriba y la tierra árida a su alrededor, reciben cuidado en forma de invierno o rocíos ocasionales.

Y no hablo solo de plantas: hablo de todo. Amistades, amores, familia, y hasta del vínculo con uno mismo.

Cada persona que llega a tu vida genera un lazo, que puede ser simple o profundo. También ocurre con un lugar, un viaje, un animal; siempre creamos conexiones, porque somos seres conectivos. Aunque algunos seamos introvertidos, incluso la relación con tu habitación tiene valor y significado, y merece atención (una recogidita a la cama, una barridita y cambiar las sábanas, mínimo).

Este pensamiento no surgió de la nada; ya existía en mí, y Aurora me lo recordó. En las últimas consultas, he hablado con mi terapeuta sobre los lazos que he querido mantener, pero que siento que otros no cultivan conmigo. Esto me hace reflexionar; un vínculo se rompe o se apaga si no se atiende según sus necesidades. No se trata solo de lo que yo puedo dar, sino también de comprender lo que el otro requiere. Como Aurora: yo creía darle lo suficiente, pero necesitaba más, y podía comunicármelo; yo debía escucharla.

Y no, nuevamente, no hablo solo de plantas.

Alimentar un vínculo requiere esfuerzo, porque sí, hay relaciones como Aurora que, si no las riegas seguido, se marchitan. Otras son más resistentes, pero eso no significa que no merezcan atención.

Vínculos como ir a terapia, por ejemplo: hacerlo sin falta, porque sabes que te hace bien y genera una conexión con tu terapeuta para seguir creciendo, requiere constancia y valentía. Alimentar el lazo con tus padres a distancia, preguntar cómo están, qué necesitan y tratar de apoyarlos, requiere amor y empatía. Hablar con tus amigos, enviarles un meme que te recordó a ellos, implica tener un corazón abierto sin esperar nada más que una sonrisa. Poner la alarma para escribir, aunque sea 15 minutos de lo que la musa disponga, hacer tu oración de la noche o meditar, requiere atención (aunque te quedes dormido a unos segundos de terminarla). Mantener un trabajo estable y mejorar cada día demanda disciplina y organización.

No se trata de un esfuerzo descomunal, sino de pequeños actos que, aunque mínimos, dejan huella. Cada gesto alimenta conexiones, porque nada llega solo; necesita al menos un hilo de atención, una chispa de fe o un pensamiento positivo. Pero incluso eso no basta: el verdadero fruto nace del cuidado constante, del trabajo diario que tejemos con constancia, paciencia y amor.

Y lo mismo sucede con nosotros mismos: ¿cuántas veces dejamos que nuestra propia tierra se seque por priorizar a otros? ¿Cuántas veces perdemos el vínculo con nosotros mismos por negarnos una idea, mantener una concepción rígida, no escuchar nuestra voz interior, dejarnos llevar por el miedo, dudar de nuestras capacidades o no reconocer nuestros logros diarios, por más pequeños que sean?

Tal vez la vida va de eso, de darse cuenta a tiempo de qué o quién necesita agua hoy, incluso al mirarnos al espejo. De aprender a leer señales antes de que algo se marchite. De no dar por sentado que el amor, la amistad o la vida misma seguirán igual sin que hagamos nada. De hecho, hago una pausa y pienso: regar está bien, pero a veces el exceso de agua también puede matar a una planta. Confundir el verbo cuidar con sobreproteger o sobreestimular puede ser letal, pero siempre hay esperanza de que cuando riegas bien lo que amas, incluso lo que parece perdido (mutuo, por supuesto), puede volver a levantarse.

Aurora me lo recuerda cada dos días, y ella, fielmente, me lo devuelve manteniéndose viva, presente, llenando mi espacio de armonía, a lo que vino desde un inicio:

... A abrir mi camino.

Att. Beth

Intensa y Media


Te dejo una cancioncita para que la escuches y la disfrutes.


 
 
 

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