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Sí, 8255 horas pasaron...

  • mellamanbeth
  • 9 dic 2024
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 16 ago 2025

"Lo que hasta ahora el tiempo ha sido"
"Lo que hasta ahora el tiempo ha sido"

Han pasado aproximadamente 8.255 horas desde que eran las 11:59 p.m. del 31 de diciembre de 2023, y ahí estaba yo, en lo que llamaba mi hogar. Vestía una pijama y ropa interior nueva, porque para supersticiosa, búsquenme. Me paré frente a la cocina, que también era mi minisala y rincón de trabajo, esperando las campanadas. Cuando el reloj marcó las doce, me di un abrazo fuerte, cálido, como queriendo protegerme. Y lloré. Lloré a mares. Éramos yo y yo, sosteniéndonos, tratando de mimarnos, recordándome que, al final, soy mi mejor compañía.

Recibí el año con la esperanza de que ese ciclo de incertidumbre acabaría pronto. Pero la vida no corre con el reloj, y ese “pronto” no llegó como esperaba. En esos días de espera, mientras intentaba convencer al tiempo de respetar su curso, enfrenté el desánimo, la presión, la angustia y esa sensación de no encontrar acomodo en ningún lugar. Hubo momentos en los que pensé en rendirme. Pero algo dentro de mí me decía que irme no era la respuesta; sabía que mi ausencia dejaría un vacío más grande que el mío. Las ganas de seguir eran más por ellos que por mí misma.

Al inicio del 2024, mi vida comenzó a simplificarse. Las cosas materiales se hicieron menos; era momento de desprenderme de todo lo innecesario. Lo que quedó fue lo esencial, como el cuidado cálido de una mamá con hijos lejos, que encontró en mí a una hija necesitada de ese cariño maternal. Doña Lili fue un ángel en la tierra, que me brindó algo invaluable: la posibilidad de sentirme en casa, recordando a mi mamá cuando me preparaba el desayuno o un té de manzanilla para aliviar mis dolores menstruales.

Hoy, después de todo ese tiempo, agradezco profundamente. Entre velitas y rituales llenos de magia, celebro mi momento favorito del año desde que llegué a Colombia. Me siento más ligera, aunque por cuestiones de la vida lo que solté llegó triplicado. Me siento más enfocada en buscar lo que realmente me llena, dejando atrás la conformidad de lo que simplemente llega. Me muevo. Sí, ¡lo he dicho! No soy un árbol, y entiendo que no necesito mucho para ser feliz. Solo quiero calidad y tranquilidad: cosas innegociables que trabajo cada día para hacer parte de mi vida y de quien soy.

Finalmente, me fui de casa para construir una vida que valiera la pena, no una que apenas me sostuviera. Y aunque extraño la comida de mi mamá, los abrazos apretados de mis sobrinos intentando soltarse, la compañía faldera de mi perro o incluso el sabor a leña de una sopa en casa de la abuela, sé que cada sacrificio tiene sentido si me acerca a lo que sueño. Quiero que todo esto valga la pena. Quiero la vida que me haga feliz. Porque, aunque el camino haya sido difícil, estoy aquí, y eso ya es motivo suficiente para seguir construyendo algo que merezca quedarse conmigo para siempre.



att. Beth La que no es la misma de hace 8255 horas.


 
 
 

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