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El eco naciente de lo hiriente.

  • mellamanbeth
  • 12 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

Y aquel señor volvió a dar en la llaga.

No bastó aquella vez en que lanzó su frase como una piedra envuelta en desdén, queriendo decirme que era inteligente, pero no tanto.

Como si las emociones fueran mi peor defecto.

Como si leer bastara para que dejaran de doler las cosas que pasan, y me anestesiaran el alma.


Hay algo cruel en eso de que ser fuerte sea un alivio para los demás, pero una carga para una misma, porque tienes que seguir siéndolo, porque no hay de otra.


Qué ironía, cuando las dos personas que más amas, las que más deberían entenderte, son las que menos lo hacen, o lo hacen a medias, como si fuera un gesto de cortesía, un gesto políticamente correcto.

Y, para colmo, te piden que comprendas tú sus actos irracionales, sus frases filosas.

Como si una fuera de piedra.

Como si una no sangrara.

Como si yo fuera un robot de la resiliencia.


“Tanto que lees y no has aprendido nada.”

Fue la primera vez que me llamaron bruta emocionalmente por llorar y sentir.

Sentir el dolor del abandono, el de la ausencia, el del adulterio ajeno…

Pero, sobre todo, el dolor de la comparación con la hermana mayor: la indispensable en la vida del hacedor de la frase.

A diferencia de mí, que nunca he sido necesaria para gestionar su vida, solo sus intereses.


Y ahora, otra vez, una frase parecida, pero con distinto disfraz:

“Hay personas que leen mucho y no saben nada.”

Como si yo fuera una lectora empedernida de libros de autoayuda.


¡Ja!


Me basta con un par de consultas al mes, tratando en una hora de soltar todo lo que carga la eterna resiliente.


Hay que tener huevas, y, voluntad (o arrogancia) para hablar de las emociones ajenas como si fueran objetos en un escaparate: esta sirve para esto, pero para esto no.


Es que, definitivamente, el viejo no aprende después de viejo.

Se aferra a la miseria mental que le habita, sin notar que todo cambia:

la vejez avanza, las arrugas se alargan, se vuelven más profundas,

las canas se emblanquecen día a día.

¿Y aún cree que eso no es cambio?

Imagínate quedarnos inertes en el momento…

Ni siquiera llegaríamos a la muerte.


Y sí, mi corazón hecho volcán erupciona de vez en cuando.

Cuando arde.

Cuando se mueven sus cimientos, que no son más que las entrañas.

Y por eso, no soy menos inteligente, ni soy más.

Soy.


Y bueno… si es verdad que leo, leo aventuras y ficción,

porque la realidad, a veces, es demasiado dura, capaz de hacerse eco todas las veces que desee.


-Beth-

11/11/2025

 
 
 

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