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Decisiones...

  • mellamanbeth
  • 29 ago 2021
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 16 ago 2025


Si te fijas, así empieza una salsita de Rubén....

¿Cómo sería todo si tuviéramos la vida de un bebé que ni siquiera decide qué pañal ponerse?

La vida es una constante decisión, y hasta dicen por ahí que la felicidad es una de ellas. Cuando eres niño, las únicas decisiones serias que puedes tomar son qué tipo de helado quieres un domingo, aunque hay algunos niños que ni siquiera pueden elegir, ya sea por alguna razón fuera de su voluntad o por la sobreprotección de sus padres. ¿Qué color de patines quieres? ¿Qué pedirle al Niño Jesús en Navidad? Sin pensar en cuánto costaría ese propósito, total, el Niño Jesús tiene cuenta ilimitada.

Mis padres siempre dejaron que tomara mis propias decisiones, y por eso les doy las gracias. Gracias, porque eso es lo que queda: el aprendizaje. No podría negar que eso me ha hecho madurar a lo largo del tiempo. A decir verdad, mis decisiones no siempre han sido buenas, aun cuando ellos me dieron la confianza de tomarlas. Muchas veces me esperaban en la vuelta, con el rabo entre las piernas, acompañada de la gran cantaleta de mi mamá y posiblemente de un pequeño acto que incluía una chancleta.

Me costó mucho entender que mis pasos debían ser firmes y seguros. Porque, aunque tenía la posibilidad de decidir, muchas veces terminaba pisando en falso. Me hacía daño, y al final me golpeaba el alma con la culpa. Desde escoger hombres que no aportaban nada, entregar por primera vez a mi pequeña Beth a alguien que terminó siendo una mala persona, y después un sinfín de desaciertos amorosos que casi me llevan a la muerte. Decisiones en los estudios que me hicieron dejar de lado un sueño frustrado, entre otras situaciones que toda adolescente o adulta rebelde consideraría motivo de orgullo. Sin embargo, cuando ya tienes más de treinta y empiezas a sentar cabeza, ves las cosas desde otro plano y surge la posibilidad de dejar atrás el fantasma de quien fuiste, para poder seguir adelante.

“Soy una circunstancia”, me repetía muchas veces. Cuando me gradué de la universidad decía que iba a comerme el mundo, que iba a ser una abogada reconocida. Monté mi pequeña oficina y unos meses después las circunstancias me llevaron a tomar una decisión que me atrapó como si fuera para toda la vida. Decidí entregar un currículo a un ente gubernamental y, para mi éxito, fui contratada de forma indefinida. Suerte que tiene uno, dirían otros, porque yo no creo en la suerte. Recuerdo que me prometí darme dos años allí y renunciar, y así fue. Dos años después, cuando ya no estaba creciendo ni aprendiendo, llevé mi carta de renuncia a recursos humanos.

Un año antes de esa renuncia había entrado en la academia. Era docente en la Universidad que me vio aprender y graduarme. Así comencé una carrera llevada por vocación: la de enseñar, lo más bonito y fructífero de mi vida laboral. Cuando dejé el trabajo “estable” de quincena en quincena, volví al ruedo como abogada, hasta que las circunstancias me llevaron a un punto clave como académica. Una decisión de la que nunca me arrepentiría, porque fue un momento cumbre en mi vida profesional, y hasta hoy me siento orgullosa. Solo que, otra vez, llegaron nuevas circunstancias que me hicieron poner un punto y aparte. Y volví al ruedo… otra vez. Ese mundo me esperaba para comérmelo, pero entre hacer lo que quería y lo que debía, terminé en lo que hasta ahora sigo haciendo. Porque mi vida ha sido una suma de decisiones, muchas veces tomadas desde el deber de hacer lo “correcto” para los demás, sin miedo al cambio, pero siempre de golpe.

Soy consciente de que mis decisiones son propias, pero no existe ninguna en la que no haya influido alguien más. Muchas veces no me negué a una relación por el simple hecho de no decir que no. Muchas veces tapé mis ojos y oídos para ver lo bueno en quien estaba conmigo. Muchas veces acepté un escritorio porque era lo mejor para mi familia y para mí, según decían. Pero lo que nadie sabía era que muchas veces me enjaulaba y me frustraba pensando que era solo de momento, que ya pasaría, y mientras tanto dejaba de lado lo que realmente quería. Hasta que me preguntaba: ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo dejaré de vivir lo que quiero por vivir lo que quieren los demás? No había razones para hacerlo, eso lo pensaba siempre, pero nunca lo ponía en práctica.

Dirán que, para un venezolano, e incluso hoy para muchas otras nacionalidades, las circunstancias no ayudan a tener ni a respetar una buena calidad de vida. Y es cierto. Es una realidad inminente de la que nos aferramos, con la esperanza de seguir adelante y buscar lo que hace bien al corazón y a la mente. Porque cuando corazón y mente están tranquilos, el mundo se ve más fácil.

La vida es una constante decisión. Y qué diferente sería si todos decidiéramos vivirla para nuestro propio bien, más aún cuando no tenemos a alguien a quien debérsela para siempre. En mi caso, sí tengo a mis padres, y claro que les debo mucho. Pero también creo que los hijos somos del mundo, y es muy importante hacer lo propio por el bien de la humanidad y su armonía con lo bueno.

Cuando vine a Colombia pensé: “mi momento ha llegado”. Ahora creo que la vida me preparó para ello. Todas esas circunstancias me enseñaron que las decisiones que tome de ahora en adelante deben ser mías, pensadas en mi bienestar. Pero el camino también me mostró que, de algún modo, volvería a velar por alguien más. Y así, en un vaivén de los mismos porqués, muchas veces sigo callando y dejándome llevar más por las emociones de los demás que por las mías. Mi vida circunstancial me llevó a desarrollar un tipo de altruismo, porque con ello podía donarme a mí misma y poner mi vida al servicio de otros, sin importar lo que yo pudiera ganar. Sin embargo, en la meditación entendí que mientras esas decisiones cierren el corazón y oscurezcan el alma, mientras tu mente se sienta inquieta porque haces más por los demás que por ti, entonces no hay paz ni plenitud posible. Cabe destacar que mi apellido no es Calcuta.

Si la mente revolotea entre pensamientos que parecen inocuos para los demás, pero terminan haciéndote daño, es ahí donde se pierden hasta los destellos de sentirte plena con lo que Dios te da y con el sentido de tu existencia. Porque incluso cuando te entregas a otros, si el corazón no se llena de alegría por ello, al final será una decisión más que se acumula como un peso que acabará frustrando el camino.

No sé si es madurez, si es la edad, pero lo cierto es que ya no quiero tomar decisiones fundadas en emociones fugaces. Estoy tratando de ser más acertada, analítica, constante y segura, porque eso me dará la fortaleza para enfrentar lo que venga sin morir en el intento. No exagero, y mis espacios en blanco donde debería haber cabello son un ejemplo.

Quizás he aprendido a los golpes qué tan segura de mí misma tengo que ser. Porque al final soy la dueña de mis deseos, de cómo quiero cumplirlos y, sobre todo, de mis resultados. Eso sí, sin dejar a un lado la magnífica cuestión que es tener fe en quien hizo la luna y me acompaña en cada proceso.

Por último, pido perdón si suena egoísta, y quizás vuelva a caer en mi síndrome del impostor por decirlo. Pero bueno, un poco de Beth no está mal. Todavía seguimos creciendo, incluso a mis 34.

¡Seguimos rockeando!

Beth


Y para darle sazón a la cosa, te dejo la pieza de Rubén Blades: https://www.youtube.com/watch?v=npLw2XAlWTA



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