Cambios y más cambios
- mellamanbeth
- 8 ago 2021
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 16 ago 2025

En mi post anterior les hablé de emigrar a otro país y de comenzar una nueva vida sin planearla mucho. Hoy cumplo 6 días de haber llegado a tierras colombianas. El cómo es un poco intimidante, pues pasar de un lado a otro en estos tiempos es una encrucijada, teniendo en cuenta el pequeño detalle de las actitudes de quienes gobiernan Venezuela. Pero aquí no vengo a describir carreteras, ni escrúpulos inexistentes, ni expectativas traumáticas para llegar al sitio, sino el detalle de los sentimientos encontrados que tuve desde el momento en que me dijeron: “Betza, te queremos aquí”.
La vida da muchas vueltas. Hace tres años me encontraba planeando irme a Bogotá con una amiga, pero una mala jugada de alguien que me hizo creer que todo estaría bien “me regaló” la oportunidad de ver otros horizontes. Un año antes también intenté irme del país buscando algo mejor para mí y mi familia, pero un suceso familiar me paralizó: no era el momento de dejar el nido. Esas dos oportunidades marcaron mi historia del ahora. Decidí quedarme en mi país, echarle ganas a lo que fuese y poder disfrutar el momento, el aprendizaje y, como quien dice, agarrar cancha. Venía de una experiencia netamente en mi zona de confort: abogada, litigante, auditora, profesora, investigadora. Y unos días después del infortunio y engaño para irme a Bogotá, tuve la oportunidad de hacer algo nuevo laboralmente en un área desconocida. Véame aquí, con casi tres años en la empresa y ahora en Medellín, diciendo que sí a las oportunidades y al cambio… radicalmente.
Tuve 15 días para procesarlo, aunque no lo pensé dos veces para aceptar. Sabía de alguna manera que este momento llegaría, aunque en la espera decidí vivir el presente. ¿Qué dejo? Mi sueño de trabajar por Venezuela y por la gente, sobre todo por las niñas y mujeres. Estoy segura de que algún día lo retomaré y lo haré mejor de lo que podía hacerlo si no me iba. ¿Qué más dejo? Antes de responder, quiero contarles de mi último año.
Vivir una pandemia en Venezuela es complicado. Y no sé si son los más de 30 que me han cambiado, pero ya no soy la misma Betza sociable de antes (aunque tampoco era Serena Van Der Woodsen ni una Kardashian, pero vida social sí tenía). Me convertí en más introvertida que nunca, o quizás dejé de confiar tanto que ya no soy el libro abierto que era. Entre mis cuatro paredes lo único que me inspiraba a contar algo de mí era #unachicaconmasde30. Tuve varias crisis existenciales, a tal punto de convertirme en una fucking depresiva (eso se los cuento después). Sí, busqué ayuda. Me aferré a muchas cosas que necesitaba que fueran importantes, una de ellas la responsabilidad de darle a mis padres todo lo que estuviera a mi alcance. Dejé de pensar en mí; pensaba en el trabajo, en cómo donarme y servir a los demás en todos los aspectos. Y aunque la comunicación era más online que física, sentir que era parte de algo en ese mundo lleno de chucherías siempre fue mi norte.
Me perdí de muchas cosas por miedo, incluida la boda de una de mis amigas. Este virus afectó mi psique, mi facilidad de dar la mano o un abrazo, o siquiera conversar de cerca sin la presión de contagiarme o contagiar a alguien. Y aunque me digan “tienes que aprender a vivir esta nueva realidad”, pienso que este proceso es igual a la ansiedad: no se quita con solo decir “cálmate, respira y ya”. No soy psicóloga, pero sé que este virus afecta cuerpo, mente e incluso alma. Así que, ajá, cada quien sobrelleva esto a su ritmo, paso a paso. Durante este tiempo llegaron a mí ideas que aún conservo. Emprender sola es mi norte y, mientras lo logro, camino este sendero que se coloca frente a mí con la posibilidad de servir mejor a los míos y buscar vuelo.
¿Qué más dejé? Dejé a esos amigos de los que me escondí un año y medio, pero que al final sé que siempre estarán allí. Dejé a Newton, mi hijo perruno, y no imaginan la nostalgia que siento por no tenerlo debajo de mi cama. Dejé a mi mami, que es mi pierna derecha e izquierda, mis manos, mis hombros, mis ojos. Dejé a mi papi, que aunque no lo veía todos los días, extraño no poder hacerlo al menos cada quince. Dejé incluso cosas materiales que sentía mías y tuve que usar la palabra “despegar”. Y es que, como me dice una gran amiga, jefa y persona: “No te preocupes, vida nueva, ropa nueva, todo nuevo”. Hasta cuerpo nuevo, porque el año me cambió hasta el aspecto. Y ojo, no me siento mal por ello, solo que ustedes no deberían hablar de eso.
Llegar a Colombia ha sido una montaña rusa de sentimientos. La previa fue de angustia: meter mi vida en una maleta de 10 kg y tener miedo, mucho miedo, hasta que un gran amigo —o debería llamarlo ángel de Dios— calmó mis pensamientos. En Cúcuta, el martes, empezó la nostalgia, y despegar en el avión hacia Medellín fue el acabose. A pesar de estar tan cerca de casa (pensando en quienes se han ido más lejos), el sentimiento de comenzar una nueva etapa lejos físicamente de mi familia fue detonante de unas cuantas lágrimas. ¿La recompensa? Personas maravillosas pendientes de mí y de mi compañera de viaje, encontrar mi comida favorita y probar nuevos sabores, atenciones llenas de cariño y comprensión, dos compañeritas perrunas que no reemplazan a Newton pero que se sienten lindo. Y, sin duda, el apoyo incondicional de quien me quiere a su lado en este nuevo proyecto. Un proyecto que llegó a mi vida hace casi tres años y que poco a poco ha ido agarrando forma, creciendo el amor en mi corazón.
Han sido seis días viviendo cada minuto con calma a pesar de la incertidumbre, dejándome enamorar de la ciudad de las flores, siendo silenciosa, observadora, agradecida y sigilosa, pero con un gran empuje por conocer, explorar y dejar poco a poco los prejuicios hacia mí misma y hacia los demás. Es la oportunidad de ser quien quería ser desde que era adolescente: explorar más a fondo mi personalidad y virtudes, mi capacidad de independencia, siendo honesta sobre todo con Beth del presente y con mi crecimiento personal, laboral y espiritual.
Definitivamente, 2021 vino con todo… y espero estar a la altura.
Beth


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