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La carrera por lograr estar bien...

  • mellamanbeth
  • 14 jul 2021
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 16 ago 2025

Decidí comenzar con este pequeño artículo porque muchas veces quiero hablar de algo que cause un gran impacto en la otra persona, esa persona que me lee porque es mi amigo o amiga, porque le dio curiosidad, me apoya incluso sin leerme, solo porque sí, o porque quizás le agrada lo que escribo. ¿Quién sabe qué le depara la mente del lector o lectora?

Lo cierto es que cuando decidí crear una chica con más de 30 (sí, las transformaciones de mi yo escritora ha venido evolucionando hasta encontrar su super yo: Intensa) quería ser parte de algo, opinar sobre aspectos relevantes que muchas veces no hablo con nadie por tener opiniones adversas, o por miedo a no dominar el tema. Ya saben: Beth, la abogada, la estudiosa y demás, no se puede equivocar.

Cuando era adolescente quería ser adulta, tener 18 años, ser independiente. Soñaba que a los 27 ya iba a tener carro, apartamento de soltera y demás. Sin embargo, las cosas pasaron… No está de más decir que actualmente vivo en Venezuela y no ahorré en dólares cuando pude. Ciertamente, a estas alturas me sorprende y asombra la capacidad de pensamiento que tenía, y justamente ya no soy la misma de aquel entonces.

Ahora tengo más de 30, vivo con la familia peluche —incluyendo a mi perro Newton— y a esta edad me he dado cuenta de que siempre he estado en una carrera: la carrera por lograr estar bien. Y todavía no entiendo cuál es la meta, si muchas veces incluso he tocado fondo.

Desde hace un buen rato te inoculan prácticamente el positivismo, eso de mirar siempre el lado bueno, y con el boom de la era tecnológica mucho más. Personajes importantes empezaron a explotar el pensamiento positivo como discos de reguetón a principios de los 2000. En Venezuela, por ejemplo, se puso de moda una filosofía llamada CRP (Círculo de Realización Personal), que por supuesto a mí me dio curiosidad e hice el curso.Todo estuvo bien: aprendí muchísimo, dialogué conmigo misma, me enfrenté a otras convicciones (después hablaré más de ello). Y entendí que la mente es nuestro gran aliado… ojo, si la sabemos usar. Cito la frase de “todo en exceso es malo” y no me refiero precisamente a usar el cerebro. Lo que quiero dejar claro es que la vida es muy distinta a decir a cada minuto “estoy donde estoy y estoy bien” cuando el techo se te cae a pedazos, o cuando mantienes una relación efímera con la felicidad. Porque sí, hay días grises, negros y con escarcha.

Desde mi punto de vista, cada día aparecen más filósofos de la felicidad, con un abanico de oportunidades para seguir corriendo tras de ella. Me recuerda mucho la historia detrás de la película En busca de la felicidad, donde Chris Gardner nunca se rindió, pero ¡cómo sufrió! Lloró, tuvo miedo… y ni pensar en todo lo que conlleva lograr resultados en un país con tantas etiquetas.

Pero hoy no voy a hablar de perseverancia, sino de cómo vender felicidad es la mejor manera de hacer marketing hoy en día. Y de cómo, inconscientemente, hay un lado no tan bueno ni positivo para quienes no han logrado llegar ni a la mitad de la “meta”. Porque bueno, si le vamos a echar la culpa a alguien, sería a Aristóteles, por decir que la meta es autorrealizarse.

No soy psicóloga, pero indiscutiblemente, en una sociedad cambiante existen razones intrínsecas de por qué todo lo que antes creíamos que era políticamente correcto ya nos dimos cuenta de que no lo es. Y en parte pienso que es el resultado de la carrera por lograr estar bien: bien con mis amigos y por eso no hablo de temas que a mí me pueden interesar, sino solo de los de ellos; bien con mis padres y estudio la carrera que ellos quisieron o lo que me generará dinero; bien con mis seguidores de Instagram o TikTok y publico cosas alegres todo el tiempo; bien con mi jefe y trabajo unas 16 horas al día; bien con mi familia y mantengo el trabajo que me hace infeliz para no abandonarlos; bien conmigo misma y sigo buscando cosas que hacer para llenar vacíos; bien con mi cuerpo si soy 90-60-90 y tengo el vientre plano; bien con mi sexualidad si no hablo de ella o si hablo de ella; bien con la sociedad si me quedo con lo que aprendí en el siglo XX y escribo correctamente si lo hago con “a” o con “o”, y no con “e” o viceversa; bien con mi iglesia si me limito a hablar de mis experiencias y no exploro en vivencia; bien con mi religión si escojo la correcta; bien con la gente que me rodea cuando me preguntan cómo estoy y debo responder “bien” para no agobiarlos; bien con el mundo si digo que estoy feliz mientras él se cae a pedazos. Y así, la vida se ha convertido en una carrera solitaria para quienes no tienen la mínima idea de qué hacer con sus vidas, salvo dejarse llevar por lo que está en tendencia.

Hoy me niego a correr, y esta es una de las razones para abrir mi pequeño espacio. Aquí podemos mostrarnos tal cual como somos: serios, elocuentes, amargados, alegres, llorones, aburridos, alocados, sinceros, intrépidos, introvertidos… y puedes ser todos si quieres, un día a la vez, o dos veces al día si hay razón. ¿Y adivina qué? Está bien, pues no hay mayor dificultad que una jaula abierta, pero contigo al fondo, con miedo a abrir tus alas.

Yo digo que está bien sentir. Que no todo es alegre y serpentina. Que la felicidad no es una opción. La opción la tenemos cuando pisamos fuerte la realidad y decidimos qué hacer con ella. Y entender que esa rabia o tristeza no se irá con polvitos de hada, frases filosóficas o aquel libro. Se irá y volverá de vez en cuando, pero sabrás qué hacer con ella en tu tiempo y espacio. Porque no es una carrera, no hay banderín de meta y puedes simplemente sentir. Debes sentir para vivir.

Beth

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